
Este año el concurso de escritura de Coca-Cola cumple 50 años. No sé si lo conoceréis. Yo tuve el honor de participar en él hace más de 30 años. No gané, ni siquiera en mi provincia, aunque fue una experiencia que me marcó. Hoy en día son muchos y variados los concursos literarios que se hacen en las aulas españolas, pero éste del que os hablo fue el primero y creo que el que tiene más solera, por sus premios, por su alcance nacional y por todo el montaje que hay alrededor de él.
Creo que fue en 1961 cuando se celebró la primera edición, por entonces se llamaba "Concurso interescolar de redacción". Muy pronto pasó a conocerse como "Concurso nacional de redacción", es el nombre que ha tenido durante décadas. Ahora se llama "Concurso Coca-Cola jóvenes talentos", premio de Relato corto.
Nunca había oído hablar de ese concurso antes. Tenía 14 años y estaba en 4º de Bachillerato. Un día se presentaron varios profesores en la clase de literatura y, sorpresivamente, nos comunicaron que había que hacer una redacción y que los autores de las dos mejores irían a Badajoz para participar en un concurso a nivel provincial, en una primera fase.
No tenía ni idea de cuales eran mis aptitudes literarias. Hasta entonces no había habido ninguna señal que me indicara si escribía bien o mal. Había sacado buenas notas en Literatura, es cierto, pero mucho mejores en Matemáticas, y me consideraba más de Ciencias que de letras.
El tema de la redacción era libre, y pensé que estaría bien reflexionar sobre algo que me preocupaba. Mis hermanas habían emigrado recientemente, se habían marchado a Barcelona, a trabajar. Y eran muchos los amigos, vecinos y conocidos que se iban a diferentes ciudades de España o de Europa a buscarse la vida. Sentía que pronto llegaría mi hora, que yo también me tendría que marchar y dejar todo lo que había sido importante para mi. Así que cerré los ojos, y empecé a escribir.
Mi redacción se titulaba "El último día que pasé en el campo". Me hubiera gustado ponerla aquí, pero no la he encontrado. Soy un desastre de organización. Trataba sobre una adolescente que tenía que marcharse a la ciudad con su familia y que se despedía de su mejor amiga, una encina. En Extremadura la encina es un árbol muy emblemático, está ahí desde el principio de los tiempos y, a pesar de los especuladores, estará siempre.
No esperaba nada de esa redacción, en mi clase había alumnos más brillantes que yo, o al menos eso creía. Días después el profesor nos dijo que había una redacción claramente ganadora, y otras dos entre las que había habido un empate, y había que desempatar entre ellas. No tenía esperanzas de que mi escrito fuera uno de los tres, pero resultó que sí, que era el que no ofrecía dudas y estaba por encima de los demás. Sólo tenía un pequeño pero, que el título no era muy bueno y me invitaron a cambiarlo. Lo cambié, y le llamé "Adiós a una amiga".

Durante las semanas siguientes llegaron a mi casa diferentes cartas informando más detalladamente del evento. Eso me hizo ponerme muy nerviosa, porque empecé a entender la magnitud del concurso, unido a la percepción de que tendría que hacer un viaje. Hoy causaría risa, porque Badajoz está a poco más de 100 kms de mi pueblo, pero por entonces, y para mi que había viajado muy poco, era toda una odisea.
Un Sábado a primera hora de la mañana un autobús nos recogió a las afueras del pueblo. Ibamos mi compañera y yo, acompañadas por el Sr. García, el jefe de estudios. El autobús fue recorriendo los pueblos de la zona, Azuaga, Llerena, Almendralejo, Don Benito, recogiendo a jóvenes como nosotras. Nos lo pasamos genial. Personalmente, hice mucha amistad con las chicas de Almendralejo, nos firmamos en la agenda que nos regalaron, nos intercambiamos palabras de ánimo y buenos deseos, aunque nunca más nos hemos vuelto a ver.
Son muchos los recuerdos de ese día intenso. El Sr. García nos llevó a comer a un bar muy sencillo (para ser sinceros, más bien cutre), arroz, y de postre pedí plátano, la primera vez que lo pelaba con cuchillo y tenedor, sin usar las manos. Había que mostrar buena educación en público. Después de la comida nos dirigimos al Instituto Zurbarán, y allí nos esperaba una multitud de gente. Participantes, unos 160, pero había mucho personal pululando alrededor.

Nos sentamos en los pupitres de un aula inmensa, alguien abrió un sobre supuestamente lacrado y nos comunicó el tema sobre el que debíamos escribir: "La electricidad". ¡Que decepción! Era un tema que no me motivaba mucho. Lo enfoqué escribiendo sobre un pueblo muy parecido al mío, pero mucho más pequeño, que no conocía la electricidad y que por primera vez pudo tener acceso a ella.
No fue la mejor redacción que haya escrito nunca, supongo. Al menos, no estuve entre los diez primeros, aunque sí muy cerca. Es una pena, me hubiera gustado viajar a Sudáfrica, que era el premio de aquel año.
Casi ninguno de los ganadores de este premio se ha dedicado a la literatura, es curioso, sin embargo, entre los participantes hay nombres de escritores importantes como Antonio Muñoz Molina, Lucía Echevarría, Angeles Caso, Elvira Lindo, Josep Lluis Carod Rovira, Gran Wyoming y otros muchos. Ninguno de ellos ganó.
A mi me descentró bastante en el plano personal. Encaminaba mis pasos hacia alguna carrera de ciencias, era algo de lo que estaba segura, pero saber que era la mejor redactora del pueblo me hizo pensar que quizás tenía que replantear mis objetivos. Y los replanteé, sí, me hizo perder algo de tiempo para al final volver a mis orígenes. Porque aunque el éxito se te suba a la cabeza, la vida se encarga de ponerte en tu sitio.